La revolución de la alimentación consciente

Cada vez somos más los que nos detenemos para preguntarnos qué es y de dónde proviene aquello que estamos comiendo. Quién lo cultivó, produjo o elaboró. Cómo se hizo, de dónde se obtuvo ese alimento que finalmente decidimos preparar y servir en nuestra mesa o darle a nuestros hijos.

Éstos y otros cuestionamientos son los primeros que aparecen en quienes entendemos que eso que ingresa a nuestro organismo repercute en nuestro cuerpo, afectando positiva o negativamente en nuestra salud, en nuestra capacidad de disfrutar la vida al máximo.

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Vivimos en un mundo donde la inmediatez y la practicidad parecieran ser valores fundamentales. Sopas instantáneas, salsas listas, verduras congeladas, embutidos, enlatados, procesados. Solemos creer en todos esos bien conocidos productos industrializados como si fueran oro en polvo. Decidimos (¿o sin pensarlo repetimos de la publicidad?) que nos “salvan la vida” (¿o en verdad nos la complican en el largo plazo?), nos “ahorran problemas” (¿o nos suman uno más pero para dentro de unos años?). Es que muchas veces no estamos acostumbrados a tomarnos el tiempo que corresponde para asegurarnos de estar comiendo algo que nos hace bien, que nos nutre. No tomamos consciencia de ese producto que ingresa a nuestro organismo y las consecuencias que el mismo tiene.

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Es común escuchar el argumento sobre el “tiempo extra” o la “pérdida de tiempo” que implicaría estar “preocupados” por saber qué cocinar cada vez y ni hablar de lo “caro” que resultaría hacerlo. Pero, por el contrario, no se trata de dedicarle todo el día a pensar qué vamos a cenar esta noche, ni de gastar una fortuna en productos orgánicos, sino de parar por un momento la pelota. Podemos organizarnos con amigos o vecinos para comprar al por mayor productos de buena calidad a menor precio o planificar las comidas en los ratos libres ya pensando en los días siguientes. Por ejemplo, guardando la verdura lavada o cortada; usando el vapor que sale de la olla de la preparación de hoy para también dejar lista la siguiente.

La buena noticia es que no estamos solos. Somos muchos los que ya nos dimos cuenta que no es tan difícil ni que tampoco hay que ser millonario para lograrlo. No solamente porque tomamos conciencia, sino porque vemos reflejado ese cambio de hábito en nuestro bienestar y en el de nuestra familia. Por suerte, día a día, se agranda la oferta de restaurantes, locales, almacenes, ferias y movimientos que nos ayudan a sostenerlo y a hacernos la vida “más fácil” pero no solo hoy, a las siete de la tarde, a la vuelta de la oficina, sino también en el futuro.

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